Dakar: “Fatuyó sidala”

      Fue en un viaje a Senegal por motivos de trabajo, donde el guía que nos mostró Dakar y alrededores en las pocas horas que teníamos libres, nos enseñó una canción que comenzaba como el título que encabeza esta entrada del cuaderno viajero. No tengo ni idea qué significa, y en su momento ya escribí un artículo para un diario digital donde escribí durante un tiempo, pero viendo el drama de los refugiados intentando cruzar fronteras o nadando contra las olas, necesitaba llevar de nuevo aquella historia a mi cuaderno viajero.

Era un tipo agradable (lamento no recordar su nombre), profesionalmente eficiente, de amplia cultura y, según las mujeres del grupo, de lo más atractivo (ellas emplearon un sinónimo más descarado). Recuerdo una noche después de cenar, sentados y relajados tomando una copa bajo un estrellado y mágico cielo africano, que empezó a hacernos preguntas sobre la posibilidad de venir a trabajar a nuestro país. Era la época en que la economía española era lo más parecido al paraíso; el país con más pisos nuevos, más propietarios y, más Cayennes del mundo. “No lo hagas”, le dijimos. “Allá arriba nadie respetará tu preparación académica y no podrás hacer de guía turístico”. Él nos contaba que ganaba muy poco, que la vida en Senegal era muy difícil, que tenía sueños y en su país era imposible ni siquiera intentar hacerlos realidad.

El Dakar de donde quería huir este joven guía es una mezcla de pueblos y ciudades coloniales francesas, donde el ambiente y su gente destacan por encima de su arquitectura. Calles calurosas inundadas de polvo, y lugareños desfilando en una explosión de colores brillantes; y en el aire, una banda sonora constante. Los mercados, un espacio que por poco que puedo nunca dejo de visitar allí donde voy, son un cúmulo de ruido, color y regateo. En Dakar hay dos de los mejores mercados de África Occidental, el “Marché Kermel” y “Marché des HLM”. El Mercado de Kermel, cerca del puerto de Dakar, construido en el siglo XIX y restaurado en los años noventa, donde la gente de Dakar suele comprar la comida. Abundan las vacas, que a veces son sacrificadas en vivo y en directo, los langostinos y los camarones, frutas y todo tipo de hortalizas frescas. El Mercado de HLM, a un par de kilómetros de distancia de Dakar, se especializa en la tela, de acuerdo con la moda local. Es un mercado lleno de color y música muy recomendable. Precisamente en este mercado recuerdo que compré un vestido para mi hija. Su exótico físico combinado con una ropa tan llena de color me pareció que le quedaría de maravilla. Entonces mi hija era muy pequeña, dudo que la adolescente que es ahora se pusiera aquel original vestido.

Podría transcribir muchas más de las notas de mi cuaderno viajero, puedo recordar por ejemplo que coincidimos en el mismo hotel con la organización del rally Paris-Dakar cuando realmente terminaba en las playas de la  capital senegalesa, o la visita a la Medina, muy diferente de las árabes. Es un espacio poco turístico, pero si das un paseo, podrás experimentar y ver la vida cotidiana de Dakar con cocinas abiertas que sirven comidas baratas y puestos improvisados con gran variedad de productos. No sé por qué, esta ciudad convirtió mi cuaderno en un festival de notas diarias a pesar de no estar en ella muchos días; pero mentiría si no digo que la historia personal de aquel guía desde el primer momento mereció toda mi atención para ser escrita y subrayada.

No sé si finalmente decidió venir a nuestro país; si lo hizo, no sé si fue en una patera y tal vez un día lo vi sin verlo en el telediario. No sé si quizás decidió hacernos caso y olvidar su viaje al norte. No sé si ya hace años que vende CD’s y DVD’s por cualquier ciudad europea y corre cuando ve la policía. No sé si todavía tiene sueños. No lo sé…

Desconozco por donde pasa la solución para evitar este drama humano, pero no puedo evitar preguntarme cuánta oscuridad debe percibir en su camino vital, allí donde nosotros, turistas o viajeros, solo vemos color. Que intuyen en el destino que su Dios les ha reservado en su tierra, para darle la espalda y jugarse la vida para cruzar hacia un territorio europeo que en estos momentos ha perdido la luz y el norte, y no parece que vaya en camino de volver a ser aquel espejismo que deslumbró nuestro guía con sueños de prosperar en un lugar que él creía perfecto. Ojalá, este recuerdo hacia aquel senegalés sea sólo eso, y ahora mismo siga en Dakar, quizás con pocos recursos, seguro que todavía soñando como hacemos todos, pero con la dignidad intacta y cantando con los turistas europeos: “Fatuyó sidala la la la, fatuo fei fei patu, fatuo clerma tú yo, fatuyó sidala la la la. “

© 2017 Josep de la Casa

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